ENTREVISTA| Filóloga y catedrática Lola Pons: «Ninguna lengua justifica la incomodidad a un niño»

España respira aires de guerra lingüística con el acoso a un niño en Cataluña por querer hablar español. La crispación se traduce en una política malsonante y con palabrotas que llegan hasta el propio Parlamento. La filología emerge como una disciplina que podría enmendar al país y la andaluza Lola Pons nos da sus recetas.

La semana en que Pablo Casado dijo «coño» en el Parlamento y la indignación por el hostigamiento a un niño hispanohablante en Cataluña se eleva al nivel de catarsis nacional, es hora de analizar los conflictos lingüísticos, de identidad.

La filóloga y catedrática Lola Pons (Barcelona, 1976) acaba de recibir el Premio de Periodismo Miguel Delibes por su obra y por su actividad divulgadora para el buen uso de la lengua. Atiende a Sputnik en el centro de Sevilla, a medio camino entre las aulas de la Universidad de Sevilla y los estudios de radio donde lleva años educando e ilustrando sobre la lengua que todo lo invade.

— Tú trabajas el cuidado y la difusión de la lengua como instrumento de comunicación, pero estamos en plena guerra lingüística, ¿no os sentís indignados los filólogos?

— Totalmente, parece inevitable que estos debates sobre las lenguas oficiales en España surjan cada cierto tiempo y que nos sintamos utilizados. Parece que solo se acuerdan de la diversidad y las políticas de planificación lingüística cuando hay controversia política, porque no es una controversia social, sino política, como está pasando ahora.

—¿Crees que con una filóloga en el conflicto de Canet de Mar habría más soluciones?

— Desde un punto de vista filológico, lo que hay que defender es la diversidad lingüística. Las políticas que hay en Europa de protección a las lenguas que tienen una menor proporción de hablantes son proteccionistas. Se las llama lenguas minorizadas como el catalán, el euskera o el gallego, con menos hablantes que el español, que es una lengua global. Esas lenguas, por lo tanto, tienen que ser protegidas mediante políticas de planificación lingüística en ámbitos de oficialidad —hospitales, Administración, tribunales o enseñanza— porque el uso de la lengua en la calle es libre.

— Pero lo que pasa en Canet es lo contrario, aparentemente se impone lo minorizado.

— Es cierto que la planificación lingüística es necesaria, pero siendo filóloga, trabajando a diario en la difusión de la riqueza de las lenguas, tengo que decir que ninguna lengua, por importante o pequeña que sea, justifica el uso de la violencia. Ninguna lengua justifica la incomodidad a un niño porque eso no es lingüístico sino político.
El habla está entrando en el catálogo negativo de los —ismos con el hablismo, que es tratar de discriminar a otro por cómo habla. Eso es algo que se hace mal y se hace mal desde arriba, porque desde abajo, los hablantes apostamos por entendernos y comunicarnos como sea.

— Entonces, ¿el idioma es simplemente un arma política instrumentalizada por la política?

—Todo el que haya estado en los territorios bilingües de España sabe que hay un conocimiento amplio del español. Es raro toparte con alguien que no hable el español y por eso nos tenemos que felicitar porque el bilingüismo es positivo. Por eso, aspirar a imponer una sociedad monolingüe es una barbaridad. Hay que garantizar que, de la enseñanza obligatoria, los estudiantes salgan con sólidos conocimientos de sus lenguas estándares, ya tengan una o dos.

— Has tocado otro de esos temas que se politizan: la educación. ¿Crees que estamos enseñando y guiando mal al alumnado en la lengua?

— Totalmente, enseñamos mal la lengua. No es un problema del profesorado, de hecho cuentan con una vocación a prueba de cambios de leyes, horarios y cupos excesivos. Tampoco es un problema de cantidad, porque la lengua se enseña con muchísimo peso horario desde que los niños entran en un aula.
Sin embargo, nos encontramos con que cuando los estudiantes terminan la educación obligatoria tienen dificultades para expresarse con soltura. Es demoledor cuando en la universidad te encuentras a alumnos que te dicen que «no sé explicarme».

Creo que lo que falla es que en España explicamos el edificio terminológico de la morfología y la sintaxis demasiado pronto. Es inhábil enseñar tan pronto qué es un verbo, el reconocimiento de los morfemas o el pluscuamperfecto se enseña demasiado pronto.

Apuesto por que en primaria se trabajen competencias lingüísticas, que aprendan a comprender y a expresarse oralmente y por escrito. Esto ya se hacía hace mucho tiempo, por ejemplo, con la integración del teatro en las aulas, con alumnado que recitaba y exponía en público. Lo que pasa es que nos hemos enterrado en explicar taxonomías que alejan a los niños de la comprensión de los textos. Si mejoramos, no solo beneficiará a la lengua, sino a todas las competencias educativas y en ese sentido, también es importante la cultura lingüística.

— ¿Cultura lingüística?, te refieres a ser un buen orador.

— No, me refiero a que hagamos a los niños reflexionar sobre cuántas lenguas existen en el mundo, sobre el hecho de que no hay lenguas mejores que otras y que entiendan que hay palabras o conceptos intraducibles, que les enseñemos a valorar la diversidad de acentos en igualdad y sin jerarquías, porque no hay acentos o dialectos mejores o peores que otros. Enseñar eso es también una herramienta esencial en el contexto de globalización.

— Me hablas de diversidad y de igualdad sin jerarquías, ¿me estás hablando solo de lenguas o con los ecos que llegan de Cataluña me hablas de nuestros retos sociales?

— No lo separo. Este tipo de políticas lingüísticas son más recientes. Los castigos a las minorías, a lo largo de la historia, eran castigos a las personas con su equipaje, con su religión, sus prácticas o sus vestimentas, pero no primariamente a la lengua. Eso llega después, a partir sobre todo del siglo XIX.
Hay casos llamativos, como el centralismo de Francia tras la Primera Guerra Mundial, que consideró equivocadamente que un Estado fuerte debía tener un idioma fuerte y castigó toda su variedad dialectal.

También en América hubo una enorme cantidad de las lenguas amerindias que estaban vivas en el XVIII y que comenzaron a perderse en el XIX, cuando llegó la independencia del Reino español. Las nuevas naciones americanas replicaron precisamente esa estructura de Estados monolingües que en ese momento predominaba en Europa. Fueron las mismas nuevas Repúblicas las que promovieron el uso del español en las escuelas y organismos oficiales de manera preferente, acallando las lenguas amerindias. Es llamativo, porque cabría pensar que habría protegido eso, pero pasó lo contrario.

— Respecto a lenguas y hablas desprestigiadas. Tú hablas andaluz y eres una gran divulgadora, ¿no tienes que disimular el acento como les pasa a los periodistas andaluces cuando salen de su región?

— Científicamente sabemos que la variedad andaluza nace a la vez que la castellano–norteña. Del castellano medieval salen esos dos hijos, la variedad castellana y la andaluza, que está caracterizada por el seseo, el desuso del vosotros y la alteración de la ‘s’ al final de las sílabas.

Además, el andaluz es la cabeza del habla hispana en América, porque los marinos que llegaron masivamente a América son andaluces en mayor medida, junto a extremeños y canarios. Por eso por ejemplo hay presente en el español caribeño un seseo, o el trueque tan común entre ‘r’ y ‘l’ (mi amo – mi amol), por lo tanto somos muchos más hablando habla andaluza que castellana y por eso el andaluz ilustra perfectamente el prejuicio socioeconómico.

— ¿Qué tiene que ver la pobreza con la manera de hablar?

— Mucho, ya desde el siglo XVI se usaba como herramienta desprestigiando al habla andaluza, aunque esta siempre ha sido sinónimo de agudeza e ingenio verbal. Pero desde el declive del comercio indiano que se capitalizaba en Sevilla y la posterior desindustrialización de Andalucía en el siglo XIX, claramente el andaluz se asocia a lo no prestigioso, al hablante inculto. Por eso, en España durante tanto tiempo en televisión o en el cine, cada vez que aparecía un andaluz, no era nunca ni médico ni científico.

— ¿Y a nivel global, no crees que hoy puede existir un emisor lingüístico y cultural tan potente que anule la diversidad de acentos y lenguas?, me refiero a los productos de las plataformas globales como Amazon o Netflix, que desvirtúan la riqueza lingüística.

— Es que las traducciones eliminan variaciones porque estandarizan la lengua. Perdemos una parte de la lengua en el trasvase que hacemos al traducir. Lo que debería de hacerse con la traducción es tratar de recrear. En el siglo XIX, por ejemplo, cuando se traducían obras británicas al español y había personajes escoceses, se les recreaba con un acento andaluz. Pero eso hay que hacerlo bien, sin usar los traductores automáticos, sino con profesionales.

— ¿Y la globosfera, con todo lo que leemos en las redes, ¿no es posible que acabemos retuiteando o reposteando contenidos mal escritos y expresados, o pensar así es una idea carca o retrógrada?

— Nada de eso terminará con el patrimonio lingüístico. Es verdad que hay menos lectura de libros convencionales, pero se lee mucho, por eso hay que trabajar en la regulación de los contenidos. No es solo quitar mensajes ofensivos de las redes, sino quitar lo que esté mal escrito, porque la ortografía se fija visualmente.

Pero hay otro hecho, es que ahora se escribe mucho. Más que nunca. Producimos mensajes públicos o semipúblicos para que sean leídos y eso nos hace creadores de un corpus textual que ya se está investigando. Porque estamos dejando continuamente huellas de cómo usamos la lengua en redes sociales, de una manera que antes no podíamos documentar, porque las hablas informales nunca habían quedado escritas a este volumen. Hoy tenemos esa posibilidad y es fantástico.

— Eso en lo escrito, pero ¿y en la oralidad? El miércoles 15 nos escandalizábamos porque en España Pablo Casado ha dicho «coño» en el Congreso. Hemos pasado años escuchando a Donald Trump usar un lenguaje de la complejidad de un niño de 12 años. ¿Dónde quedan los grandes oradores, Canovas y Sagasta o Churchill?

— Ya no se le da un gran valor a la oratoria pública. Antes un gran parlamentario lo era, primariamente, porque hablaba bien y también se criticaba mucho a quien no oraba bien, el siglo XIX tiene mucha muestra de ello. Eso ya no es así, ahora importa que el titular quepa en 140 caracteres, hay que ser impactante, crear impacto con construcciones básicas. Creo que esta tendencia es un error, pese a que el río vaya rápido creo que quien habla bien, quien seduce con un discurso maduro gana votos.

Fuente Spurtnik

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