ENTREVISTA| Sociólogo Juan Ramón Quintana: “Sería muy reduccionista pensar que este clima de conflictividad en Bolivia obedezca exclusivamente a los intereses político-partidistas de la ultraderecha local, nacional”

La situación política en Bolivia parece entrar en una nueva fase de conflictividad. Los mismos actores acusados de participar en el golpe de Estado de 2019 contra el exmandatario Evo Morales ahora protagonizan una nueva escalada de acciones de calle contra el Gobierno de Luis Arce.

Mientras el gobernador de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho, una de las caras visibles del golpe de Estado de 2019, asegura “este round también lo ganaremos”, las Iglesias Evangélicas Unidas de Bolivia instruyeron levantar campañas de “guerra espiritual” dentro y fuera de las iglesias para rechazar el proyecto de Ley contra la Legitimación de Ganancias Ilícitas. Aseguran que “Cristo viene, Arce se va”.

El portavoz del Gobierno, Jorge Richter, alertó que la derecha de su país busca “otro derramamiento de sangre”.

Por su parte, el exmandatario Evo Morales denunció que el plan de la oposición tendría varias fases: primero, organizar un nuevo golpe de Estado, segundo, empezar con el separatismo territorial y, tercero, impulsar paros para destrozar la economía.

Sobre el presente y el pasado de Bolivia y de América Latina, Juan Ramón Quintana, sociólogo boliviano y exministro de la presidencia comparte sus impresiones.

La situación en Bolivia pareciera que vuelve a tensarse. ¿Qué está pasando?, ¿ante qué escenario está Bolivia ahora?

Efectivamente estamos en un momento de rearticulación de las fuerzas ultraconservadoras que protagonizaron el golpe de 2019. De hecho, gran parte de los actores que hoy día están convocando al paro nacional son actores que han estado vinculados intensamente al golpe de Estado de 2019.

Estamos hablando de los comités cívicos, de la dirección política de las agrupaciones ciudadanas, de sectores vinculados a presuntos defensores de derechos humanos y de otros actores que también estuvieron vinculados. Por lo tanto, es un escenario de recomposición de fuerzas de derecha que apelan hoy día a un conjunto de argumentos que, por supuesto, son insostenibles, pero que políticamente les permite su rearticulación.

Como con la propuesta de aprobar un Ley de Ganancias para la investigación de ganancias ilícitas que posiblemente podrían destinarse al terrorismo o a gastos en presuntos proyectos de armas de destrucción masiva. En realidad, son convenciones internacionales a las que el Estado boliviano simplemente tiene que adherirse en el marco de la famosa lucha contra el terrorismo.

Pero que Luis Fernando Camacho diga que este segundo round también lo ganarán ¿qué significa?, ¿estamos ante un posible intento de derrocar al Gobierno de Luis Arce?

Sí, por supuesto, esa pretensión nunca se ha despejado. El intento de Camacho de tratar de desestabilizar y continuar con su proyecto del año 2019 no ha cesado. No ha existido tregua alguna en el proyecto golpista de Camacho y de la misma manera sus aparatos de apoyo, como político y paramilitar, como el Comité Cívico de Santa Cruz y otros comités subalternos en el interior del país. No ha cesado.

El objetivo de Camacho, en realidad, es impedir que el [partido Movimiento al Socialismo] MAS gobierne, impedir la gobernabilidad de Luis Arce y de David Choquehuanca. El objetivo es generar un clima de confusión, de inestabilidad, confrontar. En definitiva, el objetivo de Camacho y de las fuerzas oscuras del oriente boliviano, particularmente Santa Cruz, es el mismo que se trazó con la llegada de Evo Morales a la presidencia en el año 2005, que ante la pérdida de su poder político en el marco del neoliberalismo, transitaron hacia un proyecto polarizante que es el federalismo. Por lo tanto, el proyecto de Camacho no tiene ninguna simpatía con la democracia.

El proyecto camachista es esencialmente un proyecto de implosión del Estado plurinacional porque no solamente es orientarse a construir un proyecto federalista, sino el de desmantelar la arquitectura institucional del Estado plurinacional. Y si eso pasa por derrumbar la democracia, pues es simplemente parte de su estrategia.

Recientemente las Iglesias Evangélicas Unidas de Bolivia instruyeron levantar campañas de “guerra espiritual” dentro y fuera de las iglesias para rechazar el proyecto de Ley contra la Legitimación de Ganancias Ilícitas. ¿Qué plantea este proyecto de ley y por qué les afecta tanto a estos grupos evangélicos?

En realidad esa es una decisión más política que religiosa, lo que pasa es que esa agrupación religiosa constituye un brazo político operativo de la derecha boliviana que encarnó el golpe de 2019 y que en los últimos años se ha dedicado más a hacer política que a ejercer el noble oficio de la religión de sus bases.

Este es un grupo de élite, fuertemente imbricado al proyecto antidemocrático y que hoy día está pretextando una suerte de violación a la privacidad. Se suma a la argumentación del Comité Cívico de Santa Cruz, de Camacho y de los líderes de la derecha como Gloria Medina o Carlos Mesa, señalando que esta ley de legitimación ilegal de ganancias violaría los derechos constitucionales de los ciudadanos, y le atribuyen un exceso de fuerza, de poder a esta ley. Según ellos, presuntamente sepultaría un conjunto de derechos, como el derecho al secreto bancario, el derecho a la privacidad y otros derechos como la conculcación de los bienes materiales, etcétera, que en realidad es parte del delirio político de la derecha.

Lo que pasa es que se ha generado un clima de temor, de miedo, porque la derecha ha incentivado un clima de miedo ante una presunta ley que estaría persiguiendo a quienes acumulan riqueza ilegal, y ahí la Iglesia argumenta que ellos serían víctima de la investigación, que sus feligreses, sus bases serían investigadas, que cualquier recurso aparentemente ilegal serviría para quedarse con sus vehículos y casas. Es parte de la estrategia tradicional de la inflación del miedo para revertir una ley. Pero en realidad, más que resistirse a una ley se trata de una resistencia política frente a la acción que está siguiendo el Ministerio Público de investigación sobre los presuntos autores del golpe, sobre los responsables de la violación de derechos humanos y sobre los responsables del saqueo estatal durante la dictadura de Jeanine Áñez.

En realidad, se trata básicamente de un mecanismo de conflictuar el país por parte de los responsables del golpe y, por otro lado, la pretensión de los golpistas de generar una suerte de correlación de fuerzas políticas entre el oficialismo y la oposición para impedir el procesamiento de Jeanine Áñez y sus cómplices. Se trata de eso, de poner al gobierno contra la pared, de hacer que el Gobierno ceda ante esta pretensión y olvide lo que ocurrió en el 2019.

Y en este escenario de reunificación de la derecha boliviana, como usted lo señala, ¿qué papel estaría jugando Estados Unidos?

Sería muy reduccionista pensar que este clima de conflictividad en Bolivia obedezca exclusivamente a los intereses político-partidistas de la ultraderecha local, nacional. Este conflicto en Bolivia, esta suerte de recomposición de la derecha boliviana, forma parte del proceso de recomposición de la derecha en América Latina. Hay una disputa nacional no solo de la derecha frente a proyectos progresistas, sino que hay una disputa regional.

Estados Unidos ha sufrido una suerte de derrotas políticas en América Latina en las últimas dos décadas, con algunas recomposiciones en algunos países, como es el caso de Ecuador o Brasil. Pero la tendencia que marca el desempeño político en América Latina es un avance creciente de fuerzas populares, democráticas. Entonces estamos en un contexto precisamente de conflictividad, entre un avance notable de las fuerzas progresistas y entre quienes defienden los privilegios de las oligarquías nacionales apoyadas, obviamente por Estados Unidos.

Lo que está haciendo Estados Unidos en este momento es maximizar toda su capacidad política para sostener a los regímenes de derecha, como Piñera en Chile, Lasso en Ecuador, Bolsonaro en Brasil o Abdo Benítez en Paraguay. Hay un enorme despliegue de recursos, acciones políticas, estrategias comunicacionales para sostener lo que ha ganado en las últimas décadas. Pero también no deja de promover proyectos de inestabilidad, de desestabilización de Gobiernos progresistas, como son los casos de Bolivia, Perú, México, o de una manera mucho más radical, con una guerra híbrida contra el Gobierno de Nicolás Maduro o una guerra abierta, descomunal y genocida contra el pueblo cubano, lo mismo en Nicaragua.

Yo creo que hay tres escenarios políticos muy complejos hoy día: este de guerras abiertas, explícitas y sin ambigüedad contra Cuba, Venezuela y Nicaragua; proyectos de desestabilización contra Bolivia, Perú y México, y los proyectos de continuidad y fortalecimiento de la ultraderecha, como en el caso de Chile, Brasil, o incluso Ecuador, Uruguay y Paraguay. Son tres escenarios que nos dan la pauta acerca de la estrategia estadounidense para preservar su hegemonía, que está mermada, disminuida por un conjunto de razones. Primero porque ya Estados Unidos prácticamente ha sido de alguna manera desplazado por los grandes proyectos de inversión, tanto pública como privada, de China, con la presencia cada vez más gravitante de Rusia y por la presencia de otras potencias. Por eso es que Estados Unidos, como ya no puede actuar solo como potencia, apela a la Unión Europea.

Te pongo dos casos: el golpe de Estado en Bolivia, que no se podría haber hecho con la fuerza con la que se hizo si no tenía el apoyo de la Unión Europea, la Organización de Estados Americanos y de los gobiernos de derecha. Lo mismo está ocurriendo hoy día con las elecciones regionales en Venezuela del próximo 21 de noviembre.

Hay una disputa con la Unión Europea que es, obviamente, el aliado estratégico de Estados Unidos. Entonces, el declive, el ocaso de la hegemonía imperial estadounidense es muy evidente, es imposible esconder el repliegue del poderío estadounidense. Y por eso es que Estados Unidos maximiza, como parte de su estrategia, el proyecto de militarización de América Latina, el fortalecimiento del Comando Sur, de sus agencias de inteligencia, de la CIA y otras agencias para desestabilizar gobiernos, como con la transferencia de más recursos a USAID para los proyectos de desestabilización política, el financiamiento a las ONG, a las fundaciones, a las iglesias, etc. América Latina está asediada por Estados Unidos con el ánimo de recuperar el poder que ha perdido.

Para cerrar, este 12 de octubre, el Día de la Resistencia Indígena, se conmemora en medio de una fuerte polémica. AMLO y otros mandatarios latinoamericanos insisten que la Corona española debe pedir perdón por el genocidio cometido. Desde España, la derecha insiste en que no se debe pedir perdón porque ellos llevaron “civilización” a un continente de “salvajes y caníbales”. A su vez, desde la izquierda, algunos consideran que hay que trascender ese tema y fijarse en lo que hacen actualmente las transnacionales. ¿Usted cómo se posiciona en este debate?

Lo menos que puede hacer Occidente, España, Europa en general, es pedir disculpas por los excesos, por las consecuencias de la invasión, de la colonia, de la conquista y, fundamentalmente por la depredación, por el saqueo de los recursos naturales, por la desaparición de decenas de centenares de pueblos indígenas, por el genocidio de casi tres siglos, de desaparecer pueblos indígenas enteros, de instalar una cultura de violencia. Por supuesto que lo mínimo que tendrían que hacer es pedir disculpas.

No hay nada que sea comparable a esta presunción del beneficio de la civilización. Si civilización significa desaparecer a casi 60 millones de indígenas en América Latina, eso coincide perfectamente con el concepto civilizatorio de Hitler, y entonces estamos en serios problemas. Lo que pasa es que hay un renacimiento de la ultraderecha en Europa, y particularmente en España con esta fuerza política de Vox.

En realidad, es un anacronismo de la presunta democracia española que, no solo presume que España habría dominado a nuestros pueblos en América Latina con la civilización, yo creo que eso es algo incluso humillante. Es una ofensa para la memoria colectiva de nuestros pueblos porque hemos sido víctimas de un proyecto de conquista, de latrocinio, de saqueo, de una mentalidad genocida que estaba buscando una vía para encontrar territorios con riquezas, y encontraron a nuestro continente. Pero, ¿qué dejaron?, ¿qué dejaron en América Latina y el Caribe?, ¿qué nos dejaron?, desaparecieron pueblos indígenas, se llevaron nuestra riqueza, sepultaron nuestra cultura.

Recuerda la estrategia invasora acerca de los mitos, ritos y la religión, la estrategia de extirpación de las idolatrías, y sobre la estrategia de la extirpación de las idolatrías desaparecieron los cultos religiosos, las memorias, los idiomas, la cultura, las tradiciones de nuestros pueblos.

Por Dios, casi nos hacen desaparecer como sociedad, como una sociedad vinculada a la madre tierra, a la defensa de la madre tierra, a la convivencia armónica. Entonces, no sé de qué tipo de civilización hablan los europeos. Europa no sería lo que es hoy si no fuera por los charcos de sangre, por la desaparición de nuestros pueblos y por la riqueza que nos robaron y nos saquearon a costa de humillarnos, nos trataron como bestias sin alma, nos arrancaron humanidad, nos vaciaron de humanidad, de nuestra condición humana. Y en eso está todavía presente la Iglesia católica, las armas, la cruz y la espada. Son los símbolos más nefastos de los que pueda uno recordar. Son las marcas más crueles de la imposición de la presunta civilización europea o española en América Latina y el Caribe.

Cortesía de Karen Méndez Loffredo Sputnik

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